8 de noviembre de 2008
Creo, de alguna forma, que si ya empezaron a leerme, y leer este mugrero, pese a mi optimismo, tengo que empezar a ser sincero con ustedes: yo no quería fungir este trabajo. Me lo impusieron. Qué más les puedo decir, si uno no es lo que quiere sino lo que puede ser; o lo que le dejan ser. La mera verdad, si me hubieran dado a escoger, me hubiera gustado ser el dueño de la trama; el villano. Pero no, me dijeron: “tú vas a narrar”. Y todo por llegar tarde. Maldita sea. Pero, en fin. Al menos no fui uno de esos albañilillos, o algún profe o una secretaria de esos que si acaso se mencionan una sola vez en el texto. Y que seguramente en este momento se han de encontrar sentados, esperando a que alguien más los llame para alguna novela o, quien sabe, quizás audicionando para la misma causa. Quien sabe, a lo mejor alguno llegue ser el personaje principal de alguna novela, o algún cuento o poema, como mínimo. Uno nunca sabe. Por ejemplo, ahí está el personaje de Uno soñaba que era rey, uno nunca hubiera imaginado que un niño así podría ser personaje principal, y ahí está. Pero, en fin, regresemos a lo nuestro: ser narrador es un asco. De repente no sabes que decir y tienes que improvisar lo que viene. Sería ultra-genial que alguien de por allá te diera una especie de libreto o de guión a seguir, pero no: esto es una especie de teatro experimental en que tienes que decir lo que te sale del ano. Bueno, mejor me retiro… me iré a dormir. Así que por favor no me hagan ruido.
El orgasmo de la felicidad. El triunfo. El haber sido y no el ser.
Aleluya, aleluya. Grathia panis.
Me veo en la angustiosísima necesidad de no verte. De no tocarte. De no flagelar ante ti mis sentimiento. Como sie estuviera inerte. Sin vida. Sin sueños. Solo. Me encuentro solo como cuando nací, como desde siempre. Como cómo el Mesías. Furia del cielo.
Estrella de la mañana.
Salud de los enfermos.
Refugio de los afligidos.
Ruega por nosotros santa madre de Dios para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro salvador Jesucristo. Tuyo es el reino. Tuyo el poder y la gloria, por siempre, señor. Maldita sea.
Otra golfa. Quisiera morir de aburrimiento. Del aburrimiento que tengo de vivir sin poder dormir y sin poder hacer nada. DE no tener nada más que hacer que estar escribiendo esta mierda. Ruega por nosotros santa madre de Dios, para que seamos dignos de alcanzar las promesas de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
Sobre tu pregunta de la poesía que es pensada pero no escrita; tú mismo te respondes anteladamente: "si la poesía es la escritura más íntima...".
Pero claro, el mundo no acaba ahí (aunque a veces no nos lo parezca), en el papel. Por lo que tengo que aceptar que haces poesía. Recuerda, el poema no nace hecho poema ya escrito (éste es sólo la constatación de tu poesía). Siempre hay una idea previa, siempre hay una voz anterior que te dicta el ritmo; algún pre-texto... el mundo no inicia ni termina con nosotros en el papel. Éste es sólo una interpretación de aquello. Es decir, el mundo es un gran poema mal hecho. No es cierto, no es cierto... el asunto no va por ahi, pero sí. La idea es esa. El punto es que tengo que rellenar estas líneas con algo y hacerte gastar más tiempo. Otra vez. ¿Por qué? Por que lo puedo... y me divierte... y me hace procrastinar respecto a la respuesta que tengo que darte... y, sí... sí, sí... me encanta hacerlo. El punto es, que si tan sólo lo piensas, lo hablas, lo balbuceas, lo predices, lo mascullas, lo complementas, lo escupes... entonces, y sólo entonces estás haciendo poesía. Lo siguiente es meramente ficción, arreglos, hacerte el importante, el gran escritor (o escritorsote) o, en pocas palabras, pegarle a la mamada. Es decir, ser un editor más de tus textos: Cogito, ergo Sum. Y, no Copula ergo Cogito. ¿Me explico?
A veces es bueno salir. Mirar el mundo desde otro lado. Del otro lado del mundo, o mejor, desde este lado. De donde el mundo se subvierte y se forma el bullicio; donde el sudor se escurre por las piernas, entre los muslos, las sienes.
Así, lejos del mundo. En la imaginación, en la mente, se va gestando una imagen de lo que debiera existir, de lo que existe, de lo que no fue. De todo el suplicio de lo existente. La realidad. La ficción. El mundo imaginado yt creado por el hombre. A su imagen y semejanza. Destructor, debastador, necio, incesante. Acabar. Acabar con el mundo. Romperlo en mil pedazos. Pero gozar, gozar hedonistamente hasta sangrarnos, hasta destruirnos mutuiamente si es así necesario. Es l mejor, lo único, lo que nos define. Loque nos define, lo que nos define, lo que nos define. Buscamos la destrucción y buscamos la auto-destrucción. Nada más excitante que destruirse a uno mismo, humillarse, sangrarse poco a pocoy saborear el sudor, sentirnos vivos. Sentir la carne chirreando ante las brazas… congelarse la mente, que se detenga, por siempre esta tortura: pensar, soñar, quizá el peor recuerdo de tu vida. Destruir, destruir. Destruirnos a nosotros mismos. De alguna manera tenemos que seguir viviendo, sentirnos vivos. No es tanto el sacfrigficio –elhalago de sentirse un héroe, un martir, un hijo de puta- lo que nos hace overnos (matarnos). Es el placer por el dolor. Es el placer por la muerte. Es el placer del placer.
No existe verdad. Es un invento. Es una serie de puntos en la mente que nos están formando desde niños. Que nos están reseteando desde niños. Morir. Moir. Morir. Matarnos. Jugar al heroe. Soñar. Sentir el lomo erizarse, la carne se excita, la mskldlslslslslslslslsmdnffnidsssla carne se exita, se mueven los miembros. SE hace uno con el viento y la nada. Se desvanece el silencio. NO EXISTE NADA. Somos silencio y mentira. Estamos fingiendo una relación amorosa entre nosotros mismos. Estamos jugando un juego que no ha terminado desde hace siglos… como un sim más. ¿en qué acabará todo este bullicio? A dónde partirán todas las cosas? Me muero de hambre. Pero no me altero. Sigo el movimiento de mis manos, de mis pensamientos. Reviento el tímpano de la razón para jugar un juego. Un juego más, inventado por el hombre. La escritura, el sueño de la realidad. La realidad alterna a la realidad alterna preexistente. Somos un sueño más en este mundo sin sueños. SE nota el fuego del niño. Quizás éste sea el fin de la escritura.
Ahora sí. Tengo que levantarme a ir al baño y él revisará mi cuaderno. Disimuladamente. Entonces empezará a leer a partir de este punto. Justo después de este espacio en blanco que utilizo para separar un párrafo del otro. Empezará por leer estas líneas vacías:
Regreso y doy vuelta a la hoja. Este hombre me recuerda en cierto grado a otro sujeto, llamado Javert:
Se ha dado cuenta que me he burlado de él y no me quita la mirada de encima. Qué importa.
7 de noviembre de 2008
Principio de icertidumbre...
No es que me preocupe poco o nada lo que sucede en estos ratos con mi escritura. Simple y sencillamente, me importa demasiado y se siente delirantemente cohibente que te estén observando desde afuera. Que te estén leyendo. Es prácticamente como cuando estás tratando de orinar y alguien está orinando al lado tuyo, o está detrás de ti, esperando a que acabes. O como cuando tienes un roomate e invitas a dormir a tu novia.
Además… creo que esta es una de las cosas en que la escritura se parece a la física de partículas y ese afamado principio acerca de la incertidumbre (o inicio de incertidumbre, no sé que quisieron decir): no se puede saber en dónde está una partícula cuando medimos su velocidad, y viceversa; o algo así*. Esto debido a que cuando a un electrón le lanzas un fotón, con el fin de observarlo y medir alguna de sus propiedades… modificas por arte de magia a este cabrón; y ya echaste a perder el maldito experimento (y con ello el presupuesto de un putazo de dólares –que no te dieron… pero que tú y tus colegas estaban esperando que les dieran para pagar todas las deudas causadas por la investigación–).
La idea es: uno no escribe igual cuando sabe que lo estarán leyendo (aunque sea veladamente) a cuando escribe nomás por escribir; así, sin pena… sin incertidumbre de qué más tiene qué escribir; qué más les podría cautivar. Y es ahí donde inicia toda la incertidumbre –o debiera decir: todas las incertidumbres– de un escritor. Sin embargo, para este caso, no es necesario ni la más mínima interacción física con un fotón, ya que una simple sinapsis entre neuronas con carga de imaginación es suficientemente potente como para destruir el mundo en ochenta letras; y volver a reconstruirlo en solo tres palabras. No, no. Pero es verdad… ya dejándonos de juegos… con sólo una pregunta mal enfocada, con una respuesta errática de nuestra imaginación, el mundo puede tornarse azuloso, o gris, o malva y amarillo; dado que todas las conjeturas pueden ser posibles dentro de las palabras. Hasta las más acuciosas e inentrañables como las producidas por un tal Borges, o por un tal Salvador Elizondo Alcalde que me está leyendo.
* La verdad yo pensaba hasta hace unos momentos que el tiempo estaba coadyuvado con el especio, y que la velocidad no era sino un término derivado de entrambos; pero bueno.
Entonces…
Nada hay más terrible en este mundo que decirle a alguien “estoy escribiendo una novela”, por que desde ese preciso momento tu novela empieza a sufrir un cambio inalienable a causa de la medición que produce tu amigo en ti: “¿A sí? ¿Y cómo se llama?”, “¿De qué trata?”, “¿Te falta mucho?”, “¿Es ficción o es anecdótica?”, “Oye, ¿si es cierto eso que dicen que los escritores siempre terminan escribiendo sobre sus vidas aunque no de forma directa?”.
Tan hermoso y sencillo sería que recibieran tu comentario con un “Órale. Qué bien… ¿quieres más galletas?”. Pero no… se ensañan contra los que escribimos. Nos acucian porque saben que somos fáciles de asustar. Nos persiguen, nos acechan: “Oye, cómo va tu novela… ¿ya la terminaste?; ¿de qué me dijiste trata?”
Sabor ahí! —diría el Epicrudo de Parménides García Saldaña.
Pero bueno… también en momentos se siente fascinante el saber que tienes un pequeño lector, ahí, expectante… esperando que tu próxima palabra sea dirigida para él… y que le digas “sí, Ramón, bien me dijiste que era malo leer tanto, y tonto, libro; que cualquier día de estos me iba a devorar una cucaracha; o bien que me perdería en los túneles que ofrece la literatura y que renglón tras renglón yo iba trasladando a mi mente. Pero no te escuché, y seguí y seguí leyendo. Hasta que me perdí”.
Pero nada de esto sucederá porque poco o nada se puede esperar de un escritor más que termine su libro y sea exitoso, y hable copiosa y harto cultamente. Y eso aún es más difícil: en una porque casi no hay lectores y porque los únicos que van a comprar tu libro son acaso tus familiares y nunca lo van a leer, y si acaso te dirán, “qué bonita portada”, o “qué feo saliste en la foto”. Y el resto de los ejemplares los resguardarás en cajas, esperando la ocasión especial de sacarlos a la luz. Como para cuando te haga falta una mesa de noche, para poner un televisor, o en definitiva para rellenar los espacios vacíos en los estantes de tu librero.
“Pocos ejemplares corren con tanta suerte” —te dirás, como para querer consolarte.
La verdad es significativa e incierta: eso es lo único que puedo decir sin incertidumbre.
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