7 de noviembre de 2008

Principio de icertidumbre...

No es que me preocupe poco o nada lo que sucede en estos ratos con mi escritura. Simple y sencillamente, me importa demasiado y se siente delirantemente cohibente que te estén observando desde afuera. Que te estén leyendo. Es prácticamente como cuando estás tratando de orinar y alguien está orinando al lado tuyo, o está detrás de ti, esperando a que acabes. O como cuando tienes un roomate e invitas a dormir a tu novia. Además… creo que esta es una de las cosas en que la escritura se parece a la física de partículas y ese afamado principio acerca de la incertidumbre (o inicio de incertidumbre, no sé que quisieron decir): no se puede saber en dónde está una partícula cuando medimos su velocidad, y viceversa; o algo así*. Esto debido a que cuando a un electrón le lanzas un fotón, con el fin de observarlo y medir alguna de sus propiedades… modificas por arte de magia a este cabrón; y ya echaste a perder el maldito experimento (y con ello el presupuesto de un putazo de dólares –que no te dieron… pero que tú y tus colegas estaban esperando que les dieran para pagar todas las deudas causadas por la investigación–). La idea es: uno no escribe igual cuando sabe que lo estarán leyendo (aunque sea veladamente) a cuando escribe nomás por escribir; así, sin pena… sin incertidumbre de qué más tiene qué escribir; qué más les podría cautivar. Y es ahí donde inicia toda la incertidumbre –o debiera decir: todas las incertidumbres– de un escritor. Sin embargo, para este caso, no es necesario ni la más mínima interacción física con un fotón, ya que una simple sinapsis entre neuronas con carga de imaginación es suficientemente potente como para destruir el mundo en ochenta letras; y volver a reconstruirlo en solo tres palabras. No, no. Pero es verdad… ya dejándonos de juegos… con sólo una pregunta mal enfocada, con una respuesta errática de nuestra imaginación, el mundo puede tornarse azuloso, o gris, o malva y amarillo; dado que todas las conjeturas pueden ser posibles dentro de las palabras. Hasta las más acuciosas e inentrañables como las producidas por un tal Borges, o por un tal Salvador Elizondo Alcalde que me está leyendo. * La verdad yo pensaba hasta hace unos momentos que el tiempo estaba coadyuvado con el especio, y que la velocidad no era sino un término derivado de entrambos; pero bueno. Entonces… Nada hay más terrible en este mundo que decirle a alguien “estoy escribiendo una novela”, por que desde ese preciso momento tu novela empieza a sufrir un cambio inalienable a causa de la medición que produce tu amigo en ti: “¿A sí? ¿Y cómo se llama?”, “¿De qué trata?”, “¿Te falta mucho?”, “¿Es ficción o es anecdótica?”, “Oye, ¿si es cierto eso que dicen que los escritores siempre terminan escribiendo sobre sus vidas aunque no de forma directa?”. Tan hermoso y sencillo sería que recibieran tu comentario con un “Órale. Qué bien… ¿quieres más galletas?”. Pero no… se ensañan contra los que escribimos. Nos acucian porque saben que somos fáciles de asustar. Nos persiguen, nos acechan: “Oye, cómo va tu novela… ¿ya la terminaste?; ¿de qué me dijiste trata?” Sabor ahí! —diría el Epicrudo de Parménides García Saldaña. Pero bueno… también en momentos se siente fascinante el saber que tienes un pequeño lector, ahí, expectante… esperando que tu próxima palabra sea dirigida para él… y que le digas “sí, Ramón, bien me dijiste que era malo leer tanto, y tonto, libro; que cualquier día de estos me iba a devorar una cucaracha; o bien que me perdería en los túneles que ofrece la literatura y que renglón tras renglón yo iba trasladando a mi mente. Pero no te escuché, y seguí y seguí leyendo. Hasta que me perdí”. Pero nada de esto sucederá porque poco o nada se puede esperar de un escritor más que termine su libro y sea exitoso, y hable copiosa y harto cultamente. Y eso aún es más difícil: en una porque casi no hay lectores y porque los únicos que van a comprar tu libro son acaso tus familiares y nunca lo van a leer, y si acaso te dirán, “qué bonita portada”, o “qué feo saliste en la foto”. Y el resto de los ejemplares los resguardarás en cajas, esperando la ocasión especial de sacarlos a la luz. Como para cuando te haga falta una mesa de noche, para poner un televisor, o en definitiva para rellenar los espacios vacíos en los estantes de tu librero. “Pocos ejemplares corren con tanta suerte” —te dirás, como para querer consolarte. La verdad es significativa e incierta: eso es lo único que puedo decir sin incertidumbre.

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