14 de noviembre de 2008
Jornada 8
— Oiga, señor. Y ya que estamos aquí usted y yo solos en la sala. Y ya que estamos en esta que usted ha dado por llamar la octava jornada… por qué, me pregunto… seguimos con este agobiante itinerario de distintas jornadas y no mejor nos ponemos a platicar usted y yo sobre cómo está escrita la obra… sobre las tonterías que cometió el escritor; o aquello que el director lo pudo mejorar pero por muy puritano o pútrido no lo hizo?
— Bueno, es que… la verdad… yo no estoy autorizado y… bueno… la verdad… si hubiera sabido de su disposición, de sus ganas… de haber sabido que podía, pues… realmente lo hubiera hecho desde el principio, y así me podría deshacer de ese falso y rimbombante mote de “el narrador”: joder!!! Es una obra de teatro!!! Quién necesita un narrador?!
— Bueno, señor… perdone que lo contraríe… pero la verdad es que yo fui contratado para una novela, no para una obra de teatro.
— Jaja… pues se lo chamaquearon, mi chavo: ahí clarito se lee: jornada 8, JOR-NA-DA… ¿cuándo ha visto usted que las novelas se dividan por jornadas?
— Bueno, pus ahí está el caso de… de… de…
— Nada, señor. A usté se lo chamaquearon y punto: esto es una obra de teatro. O qué… apoco no estamos usted y yo aquí conversando como lo hacen en las obras de teatro…
— Pus…
— Pus, pus… ¿no sabe decir otra cosa? Ya me tiene lleno de pus este teatro. Pero prosigamos con nuestra charla. ¿Qué otras razones tiene para creer que esto es una obra narrativa, y que no es una de esas jugadas que el sindicato de personajes le hace a sus trabajadores?
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